Separadas
No tenía la intención de hacerlo, pero escuché lo que pasaba en la mesa de atrás. Esas mujeres, como la mayoría de las mujeres en las mesas de bar al aire libre, hablaban muy alto. Algo hay en esa libertad urbana de tomar algo afuera que las hace soltarse, elevar la voz, soplar fuerte hacia arriba las que fuman y abarcar más espacio del que deberían. Y la tarde es la peor hora porque a esa hora, las mujeres, suelen sentirse dueñas del día. La noche es de los hombres, ya que es la hora de cazar.
Lo cierto es que escuché a dos mujeres que no paraban de alentar y animar a otra como ellas que, evidentemente, para la época de las fiestas, se había separado. Eran tres. La menor andaría bordeando los 40 (quizás ya los pasó) y las otras dos eran de tempranos 50.
Es toda una tarea animar al recién separado. En este caso, no parecían existir temas económicos que agravaran la ruptura, ya que las tres parecían de buena posición. Tampoco se vislumbraba una sed de venganza tan típica de estas situaciones, sino más bien de algo que no distraía y era medular en la vida de una persona: como andar solo después de tanto tiempo en pareja. Como afrontar lo que sigue, sin el otro.
La separada comentaba algo de unas cortinas. Que se las quería dar a él, pero que él no las quería. Una cosa de afecto depositaba en unas telas que sirven para que no entré el sol cuando no lo precisamos. Una de ellas, casi enojada, le decía:
"No te pares en eso, no te quedes ahí. Seguí para adelante. Cuando convivís (y esto me mato porque lo dicen todas...) HAY MUCHO NO PENSAR, MUCHO NO DARSE CUENTA. Dejá las cortinas...".
La cosa parecía venir de hacía largo. Mi contacto con esta realidad ajena duró no más de 10 minutos. Me apabullaron. Una, la enojada, se levantó con la fuerza que toma una mujer madura que va a pasar las próximas horas de su vida adentro de una peluquería. La otra, la menor, le dijo a la que estaba ingresando al nuevo mundo de las solas:
-Dejá, yo te acompaño...
Me levanté y me fuí a otro bar. Había quedado un zumbido en el ambiente imposible de remontar.
Lo cierto es que escuché a dos mujeres que no paraban de alentar y animar a otra como ellas que, evidentemente, para la época de las fiestas, se había separado. Eran tres. La menor andaría bordeando los 40 (quizás ya los pasó) y las otras dos eran de tempranos 50.
Es toda una tarea animar al recién separado. En este caso, no parecían existir temas económicos que agravaran la ruptura, ya que las tres parecían de buena posición. Tampoco se vislumbraba una sed de venganza tan típica de estas situaciones, sino más bien de algo que no distraía y era medular en la vida de una persona: como andar solo después de tanto tiempo en pareja. Como afrontar lo que sigue, sin el otro.
La separada comentaba algo de unas cortinas. Que se las quería dar a él, pero que él no las quería. Una cosa de afecto depositaba en unas telas que sirven para que no entré el sol cuando no lo precisamos. Una de ellas, casi enojada, le decía:
"No te pares en eso, no te quedes ahí. Seguí para adelante. Cuando convivís (y esto me mato porque lo dicen todas...) HAY MUCHO NO PENSAR, MUCHO NO DARSE CUENTA. Dejá las cortinas...".
La cosa parecía venir de hacía largo. Mi contacto con esta realidad ajena duró no más de 10 minutos. Me apabullaron. Una, la enojada, se levantó con la fuerza que toma una mujer madura que va a pasar las próximas horas de su vida adentro de una peluquería. La otra, la menor, le dijo a la que estaba ingresando al nuevo mundo de las solas:
-Dejá, yo te acompaño...
Me levanté y me fuí a otro bar. Había quedado un zumbido en el ambiente imposible de remontar.
Labels: mujeres, reflexiones


