Las mismas costumbres que tenemos molestan cuando las practican otros. El otro es yo del otro lado del espejo. Por ejemplo, ahora, mi mujer me molesta hablando por teléfono. Usa y abusa del teléfono fijo que, dicho sea de paso, hace años dejo de ser fijo porque tambièn es mòvil.
Suele tener largas conversaciones y va y viene por la casa aprovechando el rango inàlambrico del aparato 2.4. Estoy rodeado porque se lo que le pasa: està inmersa en su comunicaciòn y no repara en que se desplaza como el ratoncito en el laberinto, mientras yo, a esta altura, no se donde ponerme mientras procuro alejarme de su charla telefónica.
Cuando màs quiero salirme, cuanto màs me desplazo por el departamento, el eco se transforma en presencia viva.
Justo ahora se acaba de alejar. Aprovecho y posteo ya mismo esto que yo suelo hacer. Pero que me molesta que me hagan
Desbole es una de las palabras que me caen más simpáticas. Dudo que sea una palabra en el sentido académico de lo que entendemos por palabras, pero su potencia es equivalente a su inocencia. Desbole es distracciòn y despreocupación. Andar liviano por la vida y sin registro de responsabilidades, lo cual no significa no tenerlas. La imagen del desbolado es la de un joven de pelo largo, jeans apenas rotos y una remera que se pega al cuerpo por el vientito. Los desbolados tienen un angel de la guarda que los protege de las cosas que no valen la pena ser vividas con intensidad. Mi desbole es con el dinero. Nunca se exactamente cuanto tengo en el bolsillo pero si una idea aproximada. Los billetes grandes, los que valen, estan mezclados y enrollados con los màs chotos, los de 2, que te sacan de apuro para pagar boludeces de desbolado. El desbolado gasta mucho en kiosco, que es el monumento al desbole. Me gusta tener la guita desbolada cuando estoy de viaje. Un origami en el bolsillo de diferentes colores con plata que vale mucho màs que la de uso argento. Guita de juguete con fecha de vencimiento para gastar en vicios y placeres. El desbolado de viaje es un ser adorable. Gasta con las ìnfulas del joven con el jean algo roto, zapatillas y la remera pegada al cuerpo porque hay vientito. De viaje sobra plata y sobra salud. Es todo placer. El desbole no da noción de nada y entonces no hay limites. No saber cuanto tengo, para mi, es tener mucho
Medité un rato largo antes de escribir sobre el tema de las AFJP. Me resulta tedioso, no quiero tratar en el blog temas políticos, pero me pareció una muestra clara de como somos. Tenemos el arrebato como método de vivir. Sin planes, sin un mediano plazo que nos contenga, sin la construcción de un futuro, ya que el futuro no será algo planeado, sino algo que nos tocará. Un destino al que no ayudaremos para nada. En política estas movidas audaces son festejadas. Denotan decisión y autoridad. Hacer lo que se debía aunque no caiga simpático. Importa la llegada y no el camino.
Es la palabra del momento. Hay términos que se ponen de moda y luego quedan. Creo que es el caso. La audiencia era una clasificación de la televisión, la forma de denominar a su público receptor. El término audiencia resuelve la explicación. Es práctico, abarcativo y suena bien. ¿Qué hace la gente en internet? Algunos son lectores, otros oyen, otros miran y muchos reúnen todo eso y además producen. La audiencia pueden ser miles de visitantes de un blog y un puñado de posteadores en flogs que definen la jerarquía de la escala social adentro del aula. Muchos, pocos, todos tienen su audiencia. La audiencia también es el ámbito en el que se resuelven los juicios. Saber evaluar la calidad de los blogs le da a las audiencias un doble caracter: espectadores y jueces en un mismo espacio.
Ya hay una vida online y otra off line. Las dos no se entienden. Es decir, una no entiende de que se trata la otra. Los que tienen un desarrollo laboral o de entretenimiento con las herramientas online, a no ser que hayan resignado todo contacto con el mundo físico (lo cual sería una patología), también se mueven en la vida, ¿cómo llamarla?, en fin, la vida que no es online.
El mundo en internet ha generado una cultura propia, que vista desde afuera, genera confusiones y equívocos. La idea permanente que rige sobre plataformas como You Tube y Facebook es que en esos ámbitos, las personas y sobre todo los jóvenes, lo que buscan es hacerse famoso. Es la constante sentencia de quienes siguen creyendo que esta nueva forma de comunicación y de producción de contenidos, el único fin que tiene es el de generar una fama al estilo "Gran Hermano". Ese juicio contiene una ignorancia que ya no se puede admitir y que forma parte de la errada tendencia de analizar una expresión cultural con las categorías de otras. Una vez leí un reportaje a Steven Johnson, un neurobiólogo que sostiene que los videojuegos son buenos para la inteligencia. Lo había hecho cuando editó un libro cuyo título es toda una declaración de principios:“Todo lo malo es bueno para ti: cómo la cultura popular nos está haciendo más inteligentes”. Johnson, además, fue uno de los primeros en sostener que las series de TV y la ficción que proponen sus autores tienen una calidad mucho más compleja que la TV de otros tiempos y remataba con algo genial. La entrevista al especialista se basaba en justamente un el análisis de las novedades con herramientas sesgadas y antiguas. Valorar un videojuego como se valora una novela de 300 páginas. Entender un videojuego solamente por sus excesos: "La izquierda ve sólo un hecho aberrante comercial y la derecha sólo ve el contenido sexual", decía Johnson.
You Tube, Facebook y las redes sociales generan un nuevo modo de comunicación y de una trascendencia que no tiene que ver con los deseos de fama. Aunque en ocasiones haya deseos de ser famoso, tan legítimos como de quien escribe un libro, pinta un cuadro o acierta un pronóstico en la quiniela. Hay gente que asesina para saber que va a salir en la tapa del diario. ¿Y qué tiene que ver el diario con eso? La observación de la cultura online desde la sabiduría de los libros, viendo solamente deseos de exhibición a quienes usamos las plataformas de internet, denota un modo de ignorancia que deja al descubierto, nada más y nada menos, que a los que insisten con no mostrarse.
Hoy le comentaba a un compañero de trabajo que me interesa más escribir que leer. Leo lo que acabo de escribir y veo que el juicio es muy categórico y no quiero ser tan definitivo. Pero también es lo que me pasa: escribo más de lo que leo y quizás por el deseo de ser autoindulgente con mis afirmaciones le dí un valor determinado a las dos cosas.
También conversábamos sobre, justamente, el orden que se le suele dar a las dos acciones: para muchos es más valioso leer que escribir. La lectura por sí sola es considerada. Hay muchos lectores que no hacen circular las palabras que absorbieron y se les quedan para ellos. Las suben y nunca las bajan. Escribir me genera la idea de hacer circular las palabras. No hay posibilidad, me doy cuenta, de escribir sin leer, aunque más no sea mi propio escrito.
Tuve que ir a cobrar un cheque. En determinados momentos cobrar un cheque cuesta tanto como hacer el trabajo que le dió origen. Creo igual que es un modo de pago anticuado, fuera de época. En especial cuando se trata de retirar un cheque que no se transforma en efectivo en la ventanilla de pago y tiene que ser depositado en una cuenta.
Los cheques ya no se retiran en las empresas. Los bancos importantes y grandes tienen un centro de pago a proveedores que funciona como una corporación dentro de otra corporación. Toda la automatización que mueve en el sistema bancario se corporiza cuando se arriba a estos centros de pago.
Hay dos trincheras bien diferenciadas. Los cajeros y los cobradores. Los cajeros ofician como celosos guardianes de un tesoro sin que haya tesoro. Velan por la eficacia del sistema. Revisan que los recibos estén bien escritos, que los números coincidan y hacen todo con un aire de suficiencia que irrita. Tienen el manejo veloz de quien hace eso a diario y cualquier error que se cometa desde el otro lado les molesta por demás. Actúan como las maestras que llegan cansadas a la última hora, pero por lo menos las maestras algo enseñan.
Los cobradores son de otro estilo. Son motoqueros obligados a pisar en tierra firme. Pertrechados con ropa adecuada para la velocidad, son el colmo de la practicidad: bolsos livianos cruzados y con estuches para poner hasta dos ó tres celulares. Usan un reproductor de mp3 para quedar encerrados en una burbuja que los aisle del roce callejero. Cobran y hablan con otro motoquero por Nextel. Es una población que tiene la lógica del colegio industrial: cada 40 cobradores hay una mujer, en esa proporción.
Los cajeros son celosos cuidadores de un dinero virtual que ya fue cedido por sus dueños pero que ellos tienen cierto resquemor en dejar ir. Los cobradores son feroces cazadores del dinero de otro e intentan conseguirlo como si fuera para ellos. Algunos retiran gruesos fajos de cheques celestes y los revisan uno por uno para que no los caguen con las fechas.
Cajeros y cobradores se ven a diario y libran una batalla por otros. Pelean una guerra cotidiana que empieza a las 9 y termina a las 15, de lunes a viernes, en los subsuelos del microcentro.
No recordar el user/pass para ingresar a un blog es una de las formas de abandonos de esta era. Me pasó eso. Dispuesto a postear nuevamente acá y no en Gantman Blog (mi oficina virtual), ya despejado luego de haber dejado atrás los Juegos Olímpicos y sus preparativos, noté que mi propio blog no me dejaba pasar. Se me ocurren un montón de ideas pueriles acerca de esa imposibilidad, como si un perro guardián al que alimentamos se nos volviera en contra.De haberse tratado de la entrada a una casa, si un personal de seguridad hubiera husmeado y notado que mi user/pass no dejaba de eyectarme, me habría detenido por sospechoso. Existen infinitas teorías sobre el trato que hay que darle a los blogs: no abandonarlos, postear seguido, mantenerlos vivos. Cada blogger tiene su listado de utilidades y consejos para dar.
Simplemente salí por ahí, anduve en otras cosas y cuando decidí volver me dí cuenta de que me había olvidado las llaves. Ahora ya estoy adentro. Sólo queda ordenar un poco todo
La influencia de Facebook en el día del amigo publicitario
La importancia que cobró el Día del Amigo como hecho a ser celebrado desde lo comercial es clara. Podría ser materia de discusión si el rango comercial de un festejo es para despreciar: las relaciones también se establecen desde lo mercantil. Uno hace regalos en un cumpleaños, en un aniversario y en ocasiones, en otras culturas, hasta en sepelios. La transacción rige la vida humana y está presente en diferentes aspectos. Cuando un hecho cultural irrumpe suele transformarse en estímulo. Y cuando el estímulo se registra en varios niveles y es utilizado se transforma en influencia. La idea de varias marcas comerciales acerca de que el día del amigo debía basarse en encontrar amigos perdidos, olvidados y hasta en su momento relegados, responde a la evidente presencia de Facebook. Como red social que domina el escenario de contactos, comunidades y multitudes en torno a objetivos y gustos comunes, Facebook es el paradigma de como deben establecerse los vínculos en este tiempo que nosotros habitamos y hacemos. "Bajen Facebook a la gente", seguramente fue la orden de algún creativo. Lo cual no tiene nada de malo. Olfatear los tiempos que corren, hurgar en la cultura cuando ésta todavía está en proceso de cocción, a veces deriva en creer que algo es novedad cuando en realidad no lo es. Para entonces, mucha gente ya se había encontrado antes de volver a perderse. Y sí, son tiempos donde todo va muy rápido
Veinte minutos corrieron del domingo del Día del Padre y ya había recibido dos sms con saludos y deseos de felicidad. Los días que se festejan, públicos o privados, ya son universales. Hasta hace no tanto (no sé exactamente cuando), los hijos saludaban a los padres en su día y quizás el saludo lo hacían extensivo el resto de los familiares. Esta semana ya el del vestuario del club, el jueves, me deseó "Feliz Día el domingo..." y tardé unos segundos en darme cuenta a qué hacía referencia. Lejos estoy de quedar al margen de esta ola saludera: el sábado a la mañana me encontré deseándole feliz día al diariero. Supongo que el resto del domingo me tendrá recibiendo deseos de felicidad por el día del padre que soy y de parte de gente que no son mis hijos. Es raro.
A veces imagino que las parejas son como líneas de subte. No como las de acá, que apenas se cruzan. Sino como las de Londres o París, que suelen tener independencia y correspondencia según el momento del trayecto. Las parejas suelen tener esos momentos del viaje: algunas siguen un buen tiempo con sus integrantes que van en paralelo y cada tanto se cruzan como lo hacen los subtes cuando cambian de línea.
A diferencia de nuestros subtes, los parisinos y los londinenses tienen cruces de ramales en más de una ocasión en el trayecto. Una línea, en diferentes estaciones, puede con otra durante todo el recorrido. Cuánto mas se alejan del centro de la ciudad (del corazón) los cruces son más aislados e infrecuentes. También los cruces con otras líneas pueden ser elecciones para bajarse del viaje, cambiar de dirección. O simplemente parar un rato y volver a tomar al mismo camino.
Siempre los subtes más lindos son los que empiezan y terminan en el mismo lugar.
Acostumbrado ya a la tonta idea de que algo que es bueno para un gobierno no es necesariamente bueno para un país, la verdad es que el tema del campo me tiene en vilo. Ni preocupado, ni nervioso, simplemente atento. Trato de encontrarle el lado positivo al asunto agrario: son discusiones de un país que produce. Soja, leche, carne, lo que sea, pero que produce. El tema también produce discusión. Estuve en varios lugares en los que las cuestiones de las retenciones y el conflicto son temas urticantes, con gente que dice y se contradice cada dos palabras. Hacía tiempo que un tema político, económico y social no generaba tanta vibración. Y como siempre, todos son unos vivos bárbaros dando consejos y opinando con la plata de los otros.
Se puede interpretar de dos maneras: el final del mundo, efectivamente, o bien que fin tiene el mundo. Que finalidad tiene, si es que debe haber alguna. Nunca creí en las teorías conspirativas y eso me pone en un lugar incómodo. Todos creemos saber que las cosas tienen un motivo oculto, una razón valedera para que lo real, en realidad,sea una ficción para que los hechos que cuentan se muevan en una especie de backstage inubicable. Somos lo que pensamos y somos jodidos.
Pero si adhiero a la idea de que las sociedades suelen moverse con estímulos acompasados. Con síntomas diferentes pero que apuntan a un mismo fin. Son tiempos estos en los que los analistas de los comportamientos sociales (un polaco Bauman, por ejemplo) nos cuentan que los individuos hoy se mueven motorizados por un deseo de satisfacción inmediato. Una vida de consumo que otorga un placer inmediato y que se agota luego de producida la transacción. Adquirir bienes es por si misma una satisfacción más alta que su posterior uso.
Al tiempo, nos gobierna una idea acerca del fin del planeta. Una sensación de que el mundo se está agotando, los recursos escasean, el calentamiento global nos va a eliminar, los alimentos van a faltar y las catástrofes están más cerca que el Mundial de Sudáfrica 2010.
Pues bien: no creo una mierda en eso. Sé que ninguna advertencia de catástrofe funciona si no existe la sensación de peligro inminente. Un mensaje de peligro sin que el infunda temor no causa efecto. Al tiempo, la sensación de no future es la base para que una sociedad entienda que su felicidad se cocina hoy mismo, sin espacio para lo que antes se llamaba la cultura del ahorro, la necesidad de pensarse a resguardo dentro de unos años. El boom de consumo argentino no tiene que ver con una bonanza económica, sino con un modo de vivir que atañe a las sociedades capitalistas. Miren los comerciales de bancos (el tipo que se está por morir, se salva y pide un crédito) y hasta de shampoo (La Vida es Ahora, dice Sedal) La ausencia de mañana no tiene que ver con un futuro negativo, sino con la imperiosa necesidad de experimentar el presente de forma rabiosa. Por eso Al Gore le vende su receta para combatir tsunamis express a las organizaciones que sienten culpa por algo. El mundo es maravilloso. Así, como está ahora. No compro el peligro sustentable.
Los que trabajan en oficinas se identifican de la misma manera: todos llevan colgando de la zona de la cintura una tarjeta magnética que los liga a la comunidad a la que pertenecen. Cuando bajan a comer, cuando salen a fumar, se van al sauna o al telo con alguien que no es su marido, todos exhiben con orgullo la tarjetita blanca que les permite entrar y salir del edificio sin ser detenidos. Al final del día, cuando salen del subte, la van a tener colgada hasta el límite y recién a la noche, tarde, la dejarán a un lado como el sheriff que se desprende de la placa.
"Es la economía, estúpido..." fue una frase de un asesor de campaña de Bill Clinton en 1992 cuando enfrentaban a Bush padre. Fue fuerte y dicen que definitiva para torcer a favor de Clinton al electorado, apuntando a que eso era lo que los movilizaba a la hora de votar: la marcha de la economía. Pues bien: ¿pueden ya dejar de usar esas frases y otras basadas en ella para titular las notas en los diarios? "Es la,,,tatata, tatata, estúpido..." es un enorme lugar común usado por los medios, no importa que tema se toque. Un día me ocuparé del periodismo deportivo. Lo merecemos
Ideas propias y afanadas, descabelladas y verosímiles, sobre el humo que llegó a Buenos Aires:
.Incendios intencionales para distraer a la opinión pública .Mala prensa para el campo mientras se discuten temas sustanciales con el gobierno .Excusa para que los gobiernos provinciales y el nacional retomen el control de las rutas en mano de los ruralistas. .Una cortina de humo
Somos los mismos y hasta en los mismos lugares, pero los sábados a la mañana somos distinentos. Aflojamos. El aire no está tan inflamado y la descompresión se nota. Los saludos son amables, los ruidos menos y el apuro es distinto. Y ahí está la gracia: todos tienen muchas cosas que hacer.
Los sábados a la mañana se compran zapatos y se va al supermercado. Los sábados a la mañana se compra ropa y a la tarde se va a la peluquería. El sábado a la mañana se encargan 100 sandwiches de miga y a la tarde se los va a buscar. Las mujeres cruzan enteramente el sábado para instalarse en la peluquería. El sábado les encanta estar en la peluquería mucho más que la fiesta que tendrán a la noche. El sábado a la mañana se hacen mudanzas y se lleva la ropa al lavadero. El sábado a la mañana se hace la limpieza a fondo de la casa con la música a todo lo que da. El sábado a la mañana los periodistas de política hacen programas de radio porque los anunciantes son propios. La soledad de los sábados a la mañana es llevadera y optimista. Los sábados a la mañana se estudia cerámica, flauta dulce y se reparten volantes de partidos de izquierda.
Las parejas aburridas dividen el sábado en tres: a la mañana compran las delicatessen, a la tarde van al videoclub para llevarse primero 2 estrenos y una de relleno. De regreso a casa, compran chocolates para cuando ven las películas en la cama. Y cogen con ropa. Las parejas aburridas, por definición, son gordas. Y el sábado es cuando se lo demuestran.
Dos días en la vida de una chica a la que le cuesta salir de Europa
Dos días en París es la primera película como directora de Julie Delpy, actriz francesa, que no para de bromear con su culo un tanto fofo a sus treinta y pico y que no logra estabilizar su vida fuera de Europa. Sin embargo, esa es la Delpi de la ficción, la que se reinterpreta en sus films como actriz o como directora. La Delpi real vive en Estados Unidos y tiene una madurez cinematográfica que pueden darle un rango de directora con lo que yo al menos espero de una película dirigida por una mujer: que tenga una óptica femenina y no feminista. El feminismo ha creado la versión masculina de la mujer, cosa que era innecesaria. Pero en fin, allá ellas y no es el tema de esta entrada
A esta altura sabrán que Julie Delpy es la protagonista de Antes del Amanecer, la historia de un chico norteamericano (Ethan Hawke) y una chica francesa que se conocen en un tren y en un día viven la intensidad de las cosas chicas y grandes de una pareja recorriendo una ciudad suiza (?), austríaca (?), no recuerdo bien. El film plantea el interrogante que forma parte de la fantasía o la realidad sobre si esa persona que de pronto se nos cruza, a la cual dudamos en correr o no, que sabemos su contacto con nosotros quizás sea efímero y luego nunca volvamos a ver y que, tal vez, pueda ser el amor de nuestra vida. Todos hemos pensado si alguien a quien conocimos en otros tiempos, quizás sea la persona con la que debimos estar. Sin embargo creo que esa es una producción personal de aquellos que suelen poner en el pasado (la niñez, la secundaria, el club...) el centro de su vida afectiva y que adoptan una convivencia con la nostalgia que los hace felices. Una mierda.
Delpi es la chica francesa, comprometida socialmente con todo lo que afecta al alma humana y que piensa en los derrames tóxicos en la India hasta cuando coge. Algo más crecida plantea el mismo perfil en Antes del Atardecer, el mismo encuentro, con el mismo chico, pero diez años más tarde. En 2 Días en París, Julie Delpy ha conseguido finalmente dejar Francia (que es lo mismo que dejar Europa) e instalarse en Estados Unidos. Sin embargo Nueva York es una vivencia que aparece sólo como referencia en la película, para una pareja que de retorno de un viaje por Venecia, tras dos años de relación, deciden pasar 48 horas en la casa familiar de la Delpy. Su novio, Adam Godberg (en la película Jack y creo que ex pareja de Delpi) tiene una pequeña pero potente dosis de lo que es su novia metida en su familia, sus amigos, su exagerada cantidad de ex novios, su pasado de bombacha floja y todo lo que forma parte de un europea vista con los ojos de un norteamericano.
La película es sustanciosa porque todos los lugares comunes de Estados Unidos y Francia, atravesados por la relación amorosa de una pareja, son motivo de burla y a la vez son decisivas para plantear los conflictos de esa relación: el norteamericano es lineal en sus pensamientos y la francesa no puede dejar de complejizar hasta un razonamiento banal. El norteamericano teme viajar en subte por si hay un ataque terrorista y los franceses no dejan de ver a Bush hasta en un turista que es diseñador gráfico. Los franceses no paran de toquetearse entre ellos con naturalidad y el norteamericano hace de la propiedad privada un culto.
Julie Delpy se mofa de su culo, de los taxistas racistas, de los franceses que se burlan de los norteamericanos cuando no los entienden y de la necesidad imperiosa que tienen determinadas almas de poner ideología en todo lo que hacen y dicen. Como las chicas que esperaban el ok del Comité Central para dejarse tocar una teta.
Recomiendo verla solo. Las parejas que andan todo el tiempo buscando una respuesta en el aire o en un film para ver que les pasa, pueden sentir al final un silencio incómodo. Que de seguro les caga la pizza. #Julie Delpy en IMDB
Hoy es el día en que murió Jorge Guinzburg. Estaba bastante enfermo. Como sucede con los personajes populares, queridos y admirados, su muerte gana un espacio mediático considerable. Conozco gente que ha compartido cosas con él y que está especialmente dolida por su fallecimiento. Desde un poco más afuera, me causa el dolor que genera la ida de alguien creativo, con ideas, trabajador. Una persona que dejó su huella, algo suficiente como para considerarlo y valorarlo en el momento de su muerte. Mentiría si digo que me gustó todo lo que hizo. Pero respeto es una palabra acorde a su producción periodística y artística. Hasta ahí, Guinzburg como profesional.
Guinzburg (su muerte) como noticia excede al propio Guinzburg. La muerte del famoso, pero famoso con virtudes, genera de manera misteriosa pero siempre pronunciada, un collage de miles de historias y pareceres que se mezclan. Todos tienen sus vivencias con él, todos aseguran conocerlo desde lugares particulares. Suele pasar así.
Lo que también suele pasar es que hay un tipo de muerte según quien es el que muere. Una forma de tratar su muerte, su noticia, que descansa en lo que era su profesión. Cuando muere alguien vinculado al humor (Fontanarrosa) o se recuerda el aniversario de su muerte (Olmedo), se produce una suerte de jolgorío y liviandad que le quita a la muerte el drama que siempre trae oculto. No veo forma de pensar la muerte con un costado lindante a la felicidad. No me sale y no veo por donde puede estar. La muerte de Roberto Fontanarrosa tuvo un festival de licencias humorísticas en nombre de "el negro hubiera querido...." ó "al negro le hubiera gustado...", que no sabemos hasta donde son ciertas. Y de serlo, él no era usted. Los contadores mediáticos de historias del muerto, si fue humorista o hizo algo con el humor, tienen una irremediable tendencia a ponerse en portadores de un humor de situación que, suponen, al muerto le hubiera encantado en esa circunstancia. Que se yo. Quizás sea una manera de superar el momento y tomar la personalidad del ido prestada, para afrontar eso que todos tanto tememos. Porque sabemos, morir nadie quiere.
El dios de los locutorios (así, dios, con minúscula)
Un señor que nos hace saber hasta donde llega su poder en su dominio: el que está a cargo de un locutorio. Te recibe despectivo, te da una màquina despectivo y así hasta que te vas. Debe ser un oficio en el que la amabilidad esta excluída, tal vez porque debe confrontar con problemas repetidos, de máquinas que se cuelgan, falta de monedas, clientes que se quieren pasar de listos. Un choque con la cotidianeidad cada vez que abre sesión. Me toca lidiar con uno que baja o sube la mùsica ilegalmente acumulada en la computadora central. Aparecen Korn y Los Ramones y somete a todo el local a una sobredosis de rock, cuando cada uno procura procesar sus propias necesidades frente a una pantalla. Los locutorios me hacen acordar a las simultàneas de ajedrez: 30 monitos tratando de manejar sus ideas contra un amo que nos impide cualquier parcela de intimidad. Pronto se acaba.
Comentarista deportivo y consultor de temas deportivos y culturales para empresas y organizaciones. Conductor en Rock & Pop, blogger en La Nacion.com y colaborador de revista Playboy y La Nación Revista. Cubrió Mundiales de fútbol, básquet, Juegos Olímpicos y circuito de tenis. Columnista del Mundial 2006 en Fox Sports.