Porque todos adoran a Manu Chao
Manu Chao vino a la radio. Una hora de charla, dos canciones con guitarra y el eterno desafío, ya abandonado por mí desde ahora, de procurar descubrir si es auténtico o ensaya una pose. No veo pose.
Siempre le creí y ahora me convenció más. ¿De qué me convenció? De que se trata de una excepción, de una manera de vivir que es imposible de llevar y que mantiene la fantasía adulta de cruzar el mundo como un adolescente que va donde quiere, cuando quiere y que no deposita nunca sus huesos en un lugar fijo.
Eso es exactamente Manu Chao: el chico que nunca está en casa, que vive afuera y ese afuera es el mundo entero. La guitarrita, él, pasajes abiertos hacia donde haga calor y a hacer lo que pinte en el momento. ¿Quién puede vivir así?
Manu Chao no sale de gira, viaja. No graba, registra. No toca, sale de bares y se sube al escenario. Está en muchos lugares, pero al mismo tiempo no está en ninguna parte. ¿Se podrá contar con él más allá del encuentro de ocasión? Tiene un hijo que le está creciendo en el norte de Brasil. El es su cinta testigo.
A muchos artistas argentinos les molesta Manu Chao. Los pone incómodo y en cierto modo, a mi también. Descarta la escena principal, los grandes escenarios y festivales. Descarta, pero no detesta. Tampoco dice como hay que cruzar por esta existencia siguiendo un modelo aunque sea anárquico. Sus canciones matizan las protestas sociales en buena parte del planeta. Se nota que hay libertad: en otras condiciones, sería un mártir, una bandera. Mejor que eso no pase por más que haya quienes sin el conflicto visible no puedan vivir.
Me consta que la gente que lo rodea en esta visita a la Argentina no tiene idea con que va a salir y en que momento. No por excéntrico, sino por no tener agenda prevista. Fantasma en la ciudad.
Siempre le creí y ahora me convenció más. ¿De qué me convenció? De que se trata de una excepción, de una manera de vivir que es imposible de llevar y que mantiene la fantasía adulta de cruzar el mundo como un adolescente que va donde quiere, cuando quiere y que no deposita nunca sus huesos en un lugar fijo.
Eso es exactamente Manu Chao: el chico que nunca está en casa, que vive afuera y ese afuera es el mundo entero. La guitarrita, él, pasajes abiertos hacia donde haga calor y a hacer lo que pinte en el momento. ¿Quién puede vivir así?
Manu Chao no sale de gira, viaja. No graba, registra. No toca, sale de bares y se sube al escenario. Está en muchos lugares, pero al mismo tiempo no está en ninguna parte. ¿Se podrá contar con él más allá del encuentro de ocasión? Tiene un hijo que le está creciendo en el norte de Brasil. El es su cinta testigo.
A muchos artistas argentinos les molesta Manu Chao. Los pone incómodo y en cierto modo, a mi también. Descarta la escena principal, los grandes escenarios y festivales. Descarta, pero no detesta. Tampoco dice como hay que cruzar por esta existencia siguiendo un modelo aunque sea anárquico. Sus canciones matizan las protestas sociales en buena parte del planeta. Se nota que hay libertad: en otras condiciones, sería un mártir, una bandera. Mejor que eso no pase por más que haya quienes sin el conflicto visible no puedan vivir.
Me consta que la gente que lo rodea en esta visita a la Argentina no tiene idea con que va a salir y en que momento. No por excéntrico, sino por no tener agenda prevista. Fantasma en la ciudad.
Labels: música, personajes, viajes

