
Viejos, abus, ancianos, jubilados, abuelos, mayores. Uso todos los términos que hay a la mano para que ninguno parezca peyorativo como tercera edad, que no me gusta y además lo tiene patentado Mirta Tundis. Pero los viejos son un tema en las vacaciones.
Los noto diferentes a como se los ve en la ciudad. A sabiendas que todo esto es una generalización, no haré paradas en las disculpas de rigor.
Los mayores en la playa lucen más activos que en la ciudad. Quizás los que van de vacaciones acompañados pueden generar la sensación de que están disfrutando de los últimos soles de su existencia. En fin, nos pasará a todos.
Pero los que están solos, viven más intensamente que los jovenes.
Llegan bien temprano a la playa y enseguida marcan territorio y se acopian de la información: si la arena está caliente hasta el mar, si el mar está frío, de donde viene el viento y que se pronostica para el resto del día. Sanos y a contramano de cualquier recomendación médica, dieron cuenta de las primeras y mejores medialunas del barrio costero.
Van hasta el muelle, hablan a los gritos de política, describen lo que sucede en el balneario y todo lo transforman en una proeza. Quizás lo sea.
Tengo casi 43 años y me cuesta una enormidad descifrar que edades tienen. Las pieles están arrugadas, los trajes de baño (sobre todo en las mujeres) deben comprarlos en bazares, pero hablan del futuro y de los planes que tienen para el resto del 2008 con una confianza que no se compra en ningún shopping.
De noche, a las 8, ya están limpios y cambiados para dar una vuelta. Cenan cuando todos todavía tenemos medias de arena. Con la primera noche ganan la calle y van por el postre.
La heladería es uno de sus dominios. Tienen sus inhibiciones en cero y se animan a lo que todo niño desea y no logra a no ser que sea muy caradura: manguean no menos de cinco gustos de helados hasta que se definen por dos. Piden probaditas insignificantes pero que adentro, en sus panzas grandes, ya hacen una base interesante. Así, todas las noches hasta que recorren toda la paleta de sabores del helado artesanal.
Van, vienen, trasnochan y madrugan. Los viejos de vacaciones están más movedizos que nunca.
Saben algo que todavía no sabemos.
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