Es la palabra del momento. Hay términos que se ponen de moda y luego quedan. Creo que es el caso. La audiencia era una clasificación de la televisión, la forma de denominar a su público receptor. El término audiencia resuelve la explicación. Es práctico, abarcativo y suena bien. ¿Qué hace la gente en internet? Algunos son lectores, otros oyen, otros miran y muchos reúnen todo eso y además producen. La audiencia pueden ser miles de visitantes de un blog y un puñado de posteadores en flogs que definen la jerarquía de la escala social adentro del aula. Muchos, pocos, todos tienen su audiencia. La audiencia también es el ámbito en el que se resuelven los juicios. Saber evaluar la calidad de los blogs le da a las audiencias un doble caracter: espectadores y jueces en un mismo espacio.
Ya hay una vida online y otra off line. Las dos no se entienden. Es decir, una no entiende de que se trata la otra. Los que tienen un desarrollo laboral o de entretenimiento con las herramientas online, a no ser que hayan resignado todo contacto con el mundo físico (lo cual sería una patología), también se mueven en la vida, ¿cómo llamarla?, en fin, la vida que no es online.
El mundo en internet ha generado una cultura propia, que vista desde afuera, genera confusiones y equívocos. La idea permanente que rige sobre plataformas como You Tube y Facebook es que en esos ámbitos, las personas y sobre todo los jóvenes, lo que buscan es hacerse famoso. Es la constante sentencia de quienes siguen creyendo que esta nueva forma de comunicación y de producción de contenidos, el único fin que tiene es el de generar una fama al estilo "Gran Hermano". Ese juicio contiene una ignorancia que ya no se puede admitir y que forma parte de la errada tendencia de analizar una expresión cultural con las categorías de otras. Una vez leí un reportaje a Steven Johnson, un neurobiólogo que sostiene que los videojuegos son buenos para la inteligencia. Lo había hecho cuando editó un libro cuyo título es toda una declaración de principios:“Todo lo malo es bueno para ti: cómo la cultura popular nos está haciendo más inteligentes”. Johnson, además, fue uno de los primeros en sostener que las series de TV y la ficción que proponen sus autores tienen una calidad mucho más compleja que la TV de otros tiempos y remataba con algo genial. La entrevista al especialista se basaba en justamente un el análisis de las novedades con herramientas sesgadas y antiguas. Valorar un videojuego como se valora una novela de 300 páginas. Entender un videojuego solamente por sus excesos: "La izquierda ve sólo un hecho aberrante comercial y la derecha sólo ve el contenido sexual", decía Johnson.
You Tube, Facebook y las redes sociales generan un nuevo modo de comunicación y de una trascendencia que no tiene que ver con los deseos de fama. Aunque en ocasiones haya deseos de ser famoso, tan legítimos como de quien escribe un libro, pinta un cuadro o acierta un pronóstico en la quiniela. Hay gente que asesina para saber que va a salir en la tapa del diario. ¿Y qué tiene que ver el diario con eso? La observación de la cultura online desde la sabiduría de los libros, viendo solamente deseos de exhibición a quienes usamos las plataformas de internet, denota un modo de ignorancia que deja al descubierto, nada más y nada menos, que a los que insisten con no mostrarse.
Tuve que ir a cobrar un cheque. En determinados momentos cobrar un cheque cuesta tanto como hacer el trabajo que le dió origen. Creo igual que es un modo de pago anticuado, fuera de época. En especial cuando se trata de retirar un cheque que no se transforma en efectivo en la ventanilla de pago y tiene que ser depositado en una cuenta.
Los cheques ya no se retiran en las empresas. Los bancos importantes y grandes tienen un centro de pago a proveedores que funciona como una corporación dentro de otra corporación. Toda la automatización que mueve en el sistema bancario se corporiza cuando se arriba a estos centros de pago.
Hay dos trincheras bien diferenciadas. Los cajeros y los cobradores. Los cajeros ofician como celosos guardianes de un tesoro sin que haya tesoro. Velan por la eficacia del sistema. Revisan que los recibos estén bien escritos, que los números coincidan y hacen todo con un aire de suficiencia que irrita. Tienen el manejo veloz de quien hace eso a diario y cualquier error que se cometa desde el otro lado les molesta por demás. Actúan como las maestras que llegan cansadas a la última hora, pero por lo menos las maestras algo enseñan.
Los cobradores son de otro estilo. Son motoqueros obligados a pisar en tierra firme. Pertrechados con ropa adecuada para la velocidad, son el colmo de la practicidad: bolsos livianos cruzados y con estuches para poner hasta dos ó tres celulares. Usan un reproductor de mp3 para quedar encerrados en una burbuja que los aisle del roce callejero. Cobran y hablan con otro motoquero por Nextel. Es una población que tiene la lógica del colegio industrial: cada 40 cobradores hay una mujer, en esa proporción.
Los cajeros son celosos cuidadores de un dinero virtual que ya fue cedido por sus dueños pero que ellos tienen cierto resquemor en dejar ir. Los cobradores son feroces cazadores del dinero de otro e intentan conseguirlo como si fuera para ellos. Algunos retiran gruesos fajos de cheques celestes y los revisan uno por uno para que no los caguen con las fechas.
Cajeros y cobradores se ven a diario y libran una batalla por otros. Pelean una guerra cotidiana que empieza a las 9 y termina a las 15, de lunes a viernes, en los subsuelos del microcentro.
-¿A vos te pone tristeza si yo le arranco el ala a una mariposa? -Sí, claro. -Entonces no lo hago. A todos los que le pregunto me dicen lo mismo. ¿Y por qué le querás arrancar el ala a una mariposa? -Igual era mentira
Hace unos días atravesé por una situación casi inédita y que me dió para pensar: comí fideos frente a un desconocido. De hecho no fue la primera vez que lo hice: en restaurantes he comido ante gente que no conozco, sólo que no compartí ni la mesa ni el momento con ellos. De chico también lo hice en comedores escolares o colonia de vacaciones, pero de chico hay determinadas normas que no importan.
Me encontré, de pronto, con un desconocido, en un ámbito laboral en el que me invitaron a almorzar. Había fideos con salsa de tomate. Me senté a la mesa y compartí el almuerzo. Por suerte no tenía ninguna ropa clara que cuidar y aún así, una diminuta semilla de tomate se clavó en mi remera negra como un misil. La subida de los fideos y cuando guillotinarlos con los dientes sin parecer grosero (todos lo somos cuando comemos fideo) me demandó un esfuerzo extra.
No mancharme, no tragar bocados grandes, no andar cortando los tallarines en el aire y otras tareas más IVA, me hicieron recordar lo bueno que es hacer algunas cosas entre amigos
Dos días en la vida de una chica a la que le cuesta salir de Europa
Dos días en París es la primera película como directora de Julie Delpy, actriz francesa, que no para de bromear con su culo un tanto fofo a sus treinta y pico y que no logra estabilizar su vida fuera de Europa. Sin embargo, esa es la Delpi de la ficción, la que se reinterpreta en sus films como actriz o como directora. La Delpi real vive en Estados Unidos y tiene una madurez cinematográfica que pueden darle un rango de directora con lo que yo al menos espero de una película dirigida por una mujer: que tenga una óptica femenina y no feminista. El feminismo ha creado la versión masculina de la mujer, cosa que era innecesaria. Pero en fin, allá ellas y no es el tema de esta entrada
A esta altura sabrán que Julie Delpy es la protagonista de Antes del Amanecer, la historia de un chico norteamericano (Ethan Hawke) y una chica francesa que se conocen en un tren y en un día viven la intensidad de las cosas chicas y grandes de una pareja recorriendo una ciudad suiza (?), austríaca (?), no recuerdo bien. El film plantea el interrogante que forma parte de la fantasía o la realidad sobre si esa persona que de pronto se nos cruza, a la cual dudamos en correr o no, que sabemos su contacto con nosotros quizás sea efímero y luego nunca volvamos a ver y que, tal vez, pueda ser el amor de nuestra vida. Todos hemos pensado si alguien a quien conocimos en otros tiempos, quizás sea la persona con la que debimos estar. Sin embargo creo que esa es una producción personal de aquellos que suelen poner en el pasado (la niñez, la secundaria, el club...) el centro de su vida afectiva y que adoptan una convivencia con la nostalgia que los hace felices. Una mierda.
Delpi es la chica francesa, comprometida socialmente con todo lo que afecta al alma humana y que piensa en los derrames tóxicos en la India hasta cuando coge. Algo más crecida plantea el mismo perfil en Antes del Atardecer, el mismo encuentro, con el mismo chico, pero diez años más tarde. En 2 Días en París, Julie Delpy ha conseguido finalmente dejar Francia (que es lo mismo que dejar Europa) e instalarse en Estados Unidos. Sin embargo Nueva York es una vivencia que aparece sólo como referencia en la película, para una pareja que de retorno de un viaje por Venecia, tras dos años de relación, deciden pasar 48 horas en la casa familiar de la Delpy. Su novio, Adam Godberg (en la película Jack y creo que ex pareja de Delpi) tiene una pequeña pero potente dosis de lo que es su novia metida en su familia, sus amigos, su exagerada cantidad de ex novios, su pasado de bombacha floja y todo lo que forma parte de un europea vista con los ojos de un norteamericano.
La película es sustanciosa porque todos los lugares comunes de Estados Unidos y Francia, atravesados por la relación amorosa de una pareja, son motivo de burla y a la vez son decisivas para plantear los conflictos de esa relación: el norteamericano es lineal en sus pensamientos y la francesa no puede dejar de complejizar hasta un razonamiento banal. El norteamericano teme viajar en subte por si hay un ataque terrorista y los franceses no dejan de ver a Bush hasta en un turista que es diseñador gráfico. Los franceses no paran de toquetearse entre ellos con naturalidad y el norteamericano hace de la propiedad privada un culto.
Julie Delpy se mofa de su culo, de los taxistas racistas, de los franceses que se burlan de los norteamericanos cuando no los entienden y de la necesidad imperiosa que tienen determinadas almas de poner ideología en todo lo que hacen y dicen. Como las chicas que esperaban el ok del Comité Central para dejarse tocar una teta.
Recomiendo verla solo. Las parejas que andan todo el tiempo buscando una respuesta en el aire o en un film para ver que les pasa, pueden sentir al final un silencio incómodo. Que de seguro les caga la pizza. #Julie Delpy en IMDB
Por estos días mi posteo (palabra horrible) es escaso en este blog. No así en el otro (ver blogroll) ya que como tiene un perfil más profesional ,lo cual no quiere decir que sea mejor, me obliga a una actualización más continua. Algo así como ir a trabajar con gripe para cumplir y ver que luego no da ir al cine en tan mal estado. Ando con problemas computadoriles y cada tanto tengo que arreglármelas en un locutorio. Algunos lindos y otros sótanos infames que deberían ser clausurados ("Oh...¿eso me hace de derechas..?"). Escribir en los locutorios, a mi, me resta intimidad e inspiración. Me saca del apuro y nada más. Pero deberé acostumbrarme. Creo que el asunto irá para rato.
Viejos, abus, ancianos, jubilados, abuelos, mayores. Uso todos los términos que hay a la mano para que ninguno parezca peyorativo como tercera edad, que no me gusta y además lo tiene patentado Mirta Tundis. Pero los viejos son un tema en las vacaciones.
Los noto diferentes a como se los ve en la ciudad. A sabiendas que todo esto es una generalización, no haré paradas en las disculpas de rigor.
Los mayores en la playa lucen más activos que en la ciudad. Quizás los que van de vacaciones acompañados pueden generar la sensación de que están disfrutando de los últimos soles de su existencia. En fin, nos pasará a todos.
Pero los que están solos, viven más intensamente que los jovenes.
Llegan bien temprano a la playa y enseguida marcan territorio y se acopian de la información: si la arena está caliente hasta el mar, si el mar está frío, de donde viene el viento y que se pronostica para el resto del día. Sanos y a contramano de cualquier recomendación médica, dieron cuenta de las primeras y mejores medialunas del barrio costero.
Van hasta el muelle, hablan a los gritos de política, describen lo que sucede en el balneario y todo lo transforman en una proeza. Quizás lo sea.
Tengo casi 43 años y me cuesta una enormidad descifrar que edades tienen. Las pieles están arrugadas, los trajes de baño (sobre todo en las mujeres) deben comprarlos en bazares, pero hablan del futuro y de los planes que tienen para el resto del 2008 con una confianza que no se compra en ningún shopping.
De noche, a las 8, ya están limpios y cambiados para dar una vuelta. Cenan cuando todos todavía tenemos medias de arena. Con la primera noche ganan la calle y van por el postre.
La heladería es uno de sus dominios. Tienen sus inhibiciones en cero y se animan a lo que todo niño desea y no logra a no ser que sea muy caradura: manguean no menos de cinco gustos de helados hasta que se definen por dos. Piden probaditas insignificantes pero que adentro, en sus panzas grandes, ya hacen una base interesante. Así, todas las noches hasta que recorren toda la paleta de sabores del helado artesanal.
Van, vienen, trasnochan y madrugan. Los viejos de vacaciones están más movedizos que nunca.
Una pareja amiga, a la que aprecio mucho y veo poco, tuvo un accidente en la ruta cuando viajaban para Buenos Aires para pasar las fiestas. Están bien. En la jerga porteño-automovilística"la sacaron barata". Caro o barato, moverse en auto por las rutas argentinas parece tener un costo que pagar, real o latente. Tras el palo, uno de los dos quedó inconsciente por un rato. Gracias a esa circunstancia, el precio del choque también se puede considerar una ganga. Muchos de los varios que se acercaron para ayudarlos, luego les dijeron:
-"Tuvieron suerte de que uno de los dos haya quedado consciente, sino los desvalijaban".
Al acto triste y penoso del choque, había que agregarle además un dato escabroso: hay gente mala dispuesta a sacar beneficio de una desgracia semejante. En realidad, el primer malo del relato es el chofer de la camioneta que cambió de carril en una curva, simplemente para llegar antes a un destino donde depositar su infeliz existencia. Porque si maneja así, es un infeliz.
Mientras eran asistidos , mientras algunas personas les facilitaban sus propios teléfonos y automóviles para lo que precisaran, debieron (debió) ocuparse de juntar como pudiera sus pertenencias para que no se las queden otros. Encontró todo, menos un teléfono móvil que apareció horas más tardes y que fue hallado por una persona que, negociación mediante, se quedó con algo de dinero para acceder a devolver el artefacto. Con la salud algo recompuesta, el auto destrozado y la mayoría de sus bienes personales a cuestas, los dos llegaron a Buenos Aires.
Omito lugares, rutas y provincias porque mi interés en este post es despojarlo de toda moral ligada a los prejuicios geográficos y políticos que tenemos. Si situara el accidente en La Rioja o Santa Cruz, por ejemplo, seguramente brotarían opiniones teñidas por matices ideológicos que de tan ramplones, no sirven: la vida no es según Menem o Kirchner, la vida es según las personas que las viven.
Hay gente buena y gente mala. Había gente buena y pobre que ayudó y gente mala y pobre (o rica, vaya uno a saber) que buscó sacar una tajada de la situación. Me estoy peleando en ausencia con el que seguramente piensa que las personas que eligieron el beneficio en lugar de la solidaridad, bueno, algún motivo tendrían, alguna carencia les haría ruido en sus panzas, alguna injusticia previamente habrán padecido,bla, bla bla...
Es noble decir que existe gente buena y antipático pensar y decir que hay gente mala. Pues bien: hay gente mala. Muy mala. No sé como se produce el fenómeno, que genes se activan, que células matan a otras para que eso pase, pero sucede.La raza humana es contradictoria, imperfecta, en ocasiones vil y en otras elevada.
Lo siento, pero no tengo una gran relación con el tango. Y entiendo que es un problema mío, pero ya pasando un rato los 40, la verdad, no me pasa nada. No es que tampoco no lo pueda escuchar, pero otras músicas, el rock, el jazz, el soul, el reggae y otros derivados de los miles de géneros en los que se dividen los sonidos, se siguen apoderando por entero de mi alma musical.
Lo que me llama la atención es como, invariablemente, cada vez que escucho a alguien cantando un tango, siempre el tarareo se come a la letra. Arrancan bien, pero no lo continuan.
Ejemplo: "Malena canta el tango, como ninguna y en cada verso pone, su tara ran. Tarara tarara , tarara, malena tiene pena, tarararan...". Bueno ,es difícil de escribir, pero creo que la idea se entiende. No me refiero a los cantantes, sino a las personas que cuando se visten o se peinan frente al espejo, intentan cantar. Supongo que es equivalente a todas las muecas que otros hacemos cuando intentamos reproducir un guitarra eléctrica o una batería.
El sábado a la mañana un tipito vestido con una campera de Espacios Públicos de la ciudad de Buenos Aires, en la Plaza Almagro, de modo amable pero insistente me pidió que no pisara el césped. Lo escribo de nuevo por si no se entendió: un señor me pidió que no pise el césped. ¡¡¡EN UNA PLAZA!!!
Antes que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires empiece con su campaña de prevención para evitar la picaduras de mosquitos, si es que algo de dinero le ha quedado para eso, sugiero que comiencen a desagotar esa fuente infecciosa que son los inexplicables espejos de agua que han emplazado como si fueran fuentes (son cualquier cosa, menos eso) y que además de ser un peligro para los niños que van a las plazas, son un juntadero de mugre espantoso.
-¿Te gusta venir al shopping? -Sí -¿Por qué? -Porque están todos los negocios uno al lado del otro. Y, no se vos porque estás casado, porque hay muchas chicas
Me encontré con un amigo a charlar y a tomar algo y fuimos a un bar que no debe estar en el mapa de muchos porque el lugar no tiene nada de especial. Barrio con bar de barrio.. No es pizza-café, no es cool, es bastante normalito, pero sus dueños decidieron aprovechar un fondo de comercio más interesante y a lo que sería un simple acceso a los baños, le agregaron sillones y mesitas chicas. Le dieron más relieve al lugar del que tenía. Entramos y nos sentamos en los sillones de atrás. A los cinco minutos llegó una pareja. Ella veintipico, él quizás 30 o un poco más. Ningunos pendejos. Tenían pinta de ser compañeros de oficina viviendo un amor escondido. Ni bien se sentaron en unos silloncitos a no más de dos metros de donde estábamos, se fundieron en besos y abrazos que en un punto daban envidia. Se tenían ganas, sin ninguna duda. Pidieron unas gaseosas y él, no se a cuento de qué, pidió una porción de torta de ricota. Lejos de suponer que la porción de torta pudiera ponerle algún freno al asunto, la escalada ya se hizo insoportable y decidimos, con mi amigo, mejor irnos y dejarlos solos. Entre las gaseosas y la torta de ricota, si hago la cuenta, llego a la conclusión de que tenían como para ir a un telo. Estar al lado de una pareja que se está "matando" en unos silloncitos de un barcito en Araoz y Drago, un miércoles a las 5 y media de la tarde, es una invitación a dejarlos tranquilos. Como nos pasó alguna vez, tanta calentura, tanto apriete de incógnito, nos hace suponer que de pronto nos volvemos invisibles. Decidí ayudarlos a desintegrarse y me fuí a otro lugar.
Primera víctima comprobable de los teléfonos celulares: el portero eléctrico
Siendo el portero eléctrico apenas una interfase y habiendo perdido definitivamente toda su función, ya existe el elemento superador para reemplazarlo: el teléfono celular. Desde que la inseguridad gobierna cada acción individual y colectiva, el portero eléctrico ha perdido su función original: apretar un botón y que la persona que llamó pueda subir sin que tengamos que ir en su búsqueda. Con el riesgo de que cualquiera puede presionar y entrar, hoy el portero eléctrico ya no abre ninguna puerta, sino que es un simple llamador. Las entradas de los edificios suponen ser fortalezas inexpugnables con el portero eléctrico desactivado, pero a diario leemos como desvalijaron a un arquitecto o le robaro la jubilación a la viejita. Por lo tanto, detenerse para utilizarlo es innecesario. Será por eso que todos cuando vamos a buscar a alguien, en auto, taxi y aún caminando preferimos llamar por celular y decir mentiras tales como:
-En 5 estoy -Bajá que estoy abajo -Anda bajando que ya llego
Quien llega y quien baja ingresa en una fase inasible del tiempo en la que cualquier valor numérico o espacio es relativo. En París casi no hay porteros eléctricos. Los edificios tienen una botonera que funciona como el teclado de un cajero automático: se introduce el pin correcto y adentro. Gloria al pin, adiós al portero eléctrico.
Cuando se viaja en el Subte B, si uno va parado y mide alrededor de 1,80 metros o más, no es posible ver en que estación se detuvo el tren. Hay que llevar una cuenta mental o bien inclinarse un poco y divisar el nombre de la estación. Parece un pavada, pero alguien calculó mal
Estereotipos de los viajeros ségún lo que se ve en los aeropuertos del mundo:
-Los argentinos viajan con camisetas de fútbol y equipos de gimnasia -Las mujeres argentinas o van muy producidas o se ponen joggins de los viejos -Los alemanes/daneses/noruegos/suecos viajan en parejas. Hombres y mujeres tienen el pelo muy cortito, usan lentes modernos y se parecen entre ellos. -Los españoles por lo general son parejas mayores, el y ella muy petisitos. -Los norteamericanos combinan mal sus ropas. Los que viajan por negocios usan jeans pinzados y zapatillas blancas y llevan la tarjeta de embarque en el bolsillo de la camisa. Los que viajan por placer usan jeans, remeras de universidades y son muy gordos. -Los brasileños nunca son menos de cuatro. Son como los argentinos, pero en vez de ponerse la camiseta de fútbol, se avivaron antes de salir de casa y la cambiaron por una chomba standart. -Los ingleses, hombres, usan sacos, sin corbata y con la camisa abotonada hasta arriba de todo.
Tentado en continuar el legado generacional que se transmite boca a boca, llevé a mi hijo a comer a Pippo. Teníamos ganas de cenar pastas un sábado a la noche y enfilamos para allá. Fuímos al de Montevideo y creo que a la vuelta sigue estando el otro, sobre Paraná, y recuerdo un tercer Pippo que ahora no sé donde fue a parar. Vermiccellis tuco y pesto era la decisión ya tomada antes de entrar. Comprobé que los platos mantienen la misma proporción de sus ingredientes: fideos, tuco y pestos bien densos con una consistencia que haría prescindir de los propios vermichellis y el tsunami de queso rallado. Es un plato que consta de los cuatro elementos por igual. De grande descubrí que el queso rallado no es aderezo del plato, sino una de sus cuatro estaciones. El sabor se mantiene. Los platos me parecieron más chicos (hacía como 10 años que no iba), pero no sé realmente si los platos son más pequeños o si fue simplemente mi impresión.
A mi hijo le gustaron los vermichellis. Obviamente no con la intensidad que yo hubiera querido, pero el problema es mío no suyo. Así se mantienen las tradiciones. Y todas arrancan con un desencanto inicial.
Cosas que hay que hacer o tener para ser considerado cool...
.Tener un blog. .haber tenido un ataque de pánico. .tener un celular con mp3 .tener un personal trainer .tener un chino que haga masajes .tomar aguas de colores .decir que no se mira tele
Comentarista deportivo y consultor de temas deportivos y culturales para empresas y organizaciones. Conductor en Rock & Pop, blogger en La Nacion.com y colaborador de revista Playboy y La Nación Revista. Cubrió Mundiales de fútbol, básquet, Juegos Olímpicos y circuito de tenis. Columnista del Mundial 2006 en Fox Sports.